Existen personas en nuestras vidas que nos hacen felices por el simple hecho de haberse cruzado en nuestro camino...
En la mitología griega, las Simplegades , también conocidas como rocas cianeas, eran un par de escollos que flotaban y entrechocaban aleatoriamente. Los argonautas fueron los primeros que consiguieron superar con éxito este obstáculo, aunque habrían muerto aplastados por las rocas si no hubiera sido por el consejo de Fineo: Eufemo dejó una paloma volar entre las rocas, que perdió solamente las plumas de su cola. Los argonautas entonces remaron poderosamente para conseguir pasar, perdiendo solamente parte del ornamento del barco. Después de eso, las Simplégades dejaron de moverse y permanecieron inmóviles. A menudo suelen situarse geográficamente estas rocas en el estrecho del Bósforo. En la Odisea de Homero, la hechicera Circe advierte a Odiseo acerca de “las rocas que vagan”, que han sido pasadas solamente con éxito por el Argo. Estas rocas destrozaban las naves y las maderas restantes eran dispersadas por el mar o destruidas por las llamas. Las rocas eran una de las dos rutas potenciales que se podían tomar para llegar a Ítaca; la ruta alternativa, que fue la tomada por Odiseo, pasaba entre Escila y Caribdis. Las rocas también aparecen en el viaje de regreso de los argonautas en la versión narrada por Apolonio de Rodas, que también las localiza cerca de Escila y Caribdis. Los argonautas consiguieron navegar con seguridad a través de las rocas con la ayuda de Tetis y las Nereidas. Las semejanzas y las diferencias entre las rocas que vagaban y las Simplégades han sido discutidas mucho por los eruditos, así como localizaciones potenciales para ellas.