Existen personas en nuestras vidas que nos hacen felices por el simple hecho de haberse cruzado en nuestro camino...
En la mitología griega, Trofonio era hijo de Ergino. Según el himno homérico a Apolo, Trofonio construyó el templo de Apolo en el oráculo de Delfos con su hermano, Agamedes. Cuando terminaron, el oráculo dijo a los hermanos que hiciesen absolutamente todo lo que desearan durante seis días y, al séptimo, su mayor deseo les sería concedido. Así hicieron y fueron hallados muertos al séptimo día. El dicho «aquellos a los que aman los dioses mueren jóvenes» procede de esta historia. Alternativamente, según Pausanias construyeron una cámara del tesoro (con una entrada secreta que sólo ellos conocían) para el rey Hirieo de Beocia. Usando la entrada secreta, robaron la fortuna de Hirieo. Éste sabía lo que pasaba pero no quién era el ladrón, por lo que preparó una trampa. Agamedes quedó atrapado en ella, y Trofonio le cortó la cabeza y se la llevó para que Hirieo no supiera de quién era el cuerpo que había caído en la trampa. Trofonio huyó entonces a la cueva de Lebadea, y desapareció para siempre. La cueva de Trofonio no volvió a ser descubierta hasta que los lebadeanos sufrieron una plaga y consultaron al oráculo délfico. La pitia les informó que un héroe sin nombre estaba enfadado por haber sido ignorado, y que debían encontrar su tumba y ofrecerle adoración de inmediato. A esto siguieron varias búsquedas sin éxito, y la plaga prosiguió incólume hasta que un pastorcillo siguió un rastro de abejas hasta un agujero en el suelo. En lugar de miel, halló un daimon, y Lebadea se libró de la plaga al mismo tiempo que ganaba un oráculo popular. Juto consultaba a Trofonio en la obra Ion de Eurípides de camino a Delfos. Apolonio de Tiana, un legendario sabio y profeta de la Antigüedad Tardía, visitó una vez el altar y halló que, en lo referente a la filosofía, Trofonio era un defensor de las sensatas doctrinas pitagóricas.