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6 abril 2010 2 06 /04 /abril /2010 11:55

El-Escudo-De-La-Ciudad.jpg

 

En un principio no faltó la organizacion en las disposiciones para construir la Torre de Babel;
una orden excesiva, quizá. Se pensó demasiado en guías, interpretes, alojamientos para obreros
y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general
era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado
todo, y hasta desistido de echar los cimientos. La gente razonaba de esta manera:
lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo.
 
Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza,
es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar
la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario:
el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando;
de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses,
y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera
la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación.
 
Esa esperanza era imposible. Lo más creíble era que la nueva generación, con sus conocimientos
superiores condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado,
para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir
la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio,
y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin;
algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construccion de la torre y otros que más
valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo;
 
en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias
y nuevas peleas. Así paso el espacio de la primera generación, pero ninguna de las siguientes
fue distinta; sólo aumentó la destreza técnica y con ella el ansia guerrera.
Aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara
hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.
 
En todas las leyendas y cantos de esa ciudad está presente el vaticinio anunciante que cinco
golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad.
Por esa razón está el puño en el escudo de armas.
 
Franz Kafka

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Published by Ramazzotti - en Cuentos
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